Somos y hacemos historias.
Cuando vamos, cuando regresamos, cuando sólo estamos, todo aquello que nos rodea siempre es la escenografía de una historia sucedida, que sucede o está por suceder.
No tenemos más destino que hacer de nuestra vida un gran compendio de historias, todo lo que en esta vida hacemos, puede ser benigno, maligno, intrascendente, pero siempre habrá a través de nuestros días acontecimientos que tarde que temprano saldrán a flote cuando tengamos una nueva historia para contar a alguien.
De un amor surgen historias, de una tarde con los amigos resultan historias, en un día común siempre aparecen historias, de un viaje obtenemos historias, incluso al estar acostados pensando creamos historias, historias para hacer del mundo algo interesante y ponerle sabor a los días mediante la oportuna aparición del recuerdo.
Vivir, es crear historias; morir, es dejar historias, y eso tooo… eso es tooo… eso es todo amigos.
jueves, 20 de agosto de 2009
El Enmascarado de Salsa
Yo fui un pequeño luchador, más bien dicho de pequeño fui luchador, no, así tampoco está bien dicho, digamos que fui un niño que logró durar una semana completa (y cuando digo completa es 24 horas cada día) con una máscara de luchador a cuestas. Mi mamá me la regaló y desde que estuvo por primera vez sobre mí, no me la quité para absolutamente nada, salvo para bañarme; gracias a eso odié por varios años el baño, no podía concebir que debiera perder mi incógnita tan sólo por tener que lavarme la cabeza; por suerte con los años lo he ido superando ese problema.
Pero volviendo al tema, en efecto, no me quitaba la máscara ni de pedo, jugaba, brincaba, comía, dormía, despertaba, lloraba, reía, gritaba, me aventaba, hacía todo lo que hace un niño hace pero con el rostro bien cubierto. Recuerdo perfectamente como era, blanca totalmente, con aberturas en forma de gota para los ojos, orificios pequeños para la nariz y un óvalo recortado para la boca, todo delineado en color dorado, a los costados se encontraban un par de alas, también en color dorado, lo cual constataba que la máscara era del Ángel, tal vez del Ángel Blanco o del Ángel Vengador, quizá del Arcángel, en fin, fuera de quien fuera era mía y yo la portaba con orgullo. En ocasiones me amarraba alrededor del cuello una toalla de baño para simular tener una capa y ahí estaba yo, con la viva estampa de un luchador, sin nombre, pero con mucha determinación, saltando de las escaleras arremetía contra seres imaginarios y poderosos, ante los cuales siempre resultaba victorioso, no había nadie capaz de derrotarme, sólo bastaba que me lo propusiera para lograrlo, no existía villano alguno con la fuerza suficiente para someterme, yo y mis secuaces (unos cuatro luchadores de esos tiesos que vendían a granel en los mercados, de máscaras pintadas con esmalte de uña y capas de bolsa de Aurrera, que tal parece fueron cachados en una actividad ilícita, pero no alcanzaron a levantar completamente ambas manos…) éramos capaces de pasar por todo lo que una mente de niño fuera capaz de crear y salir siempre airosos con el puño en alto. Pero todo termina y mi etapa de luchador no fue la excepción, siempre hay un villano maldito con una mente siniestra dispuesta a eliminar al héroe de la película. En este caso, mi madre.
En el séptimo día de mis andanzas vengadoras llegó la hora de comer, el platillo, pollo a la “cátsup”, me encantaba, el único inconveniente fue que desde siempre he sido un cerdo para comer caldos, sopas y salsas, no pensaba dos veces las cosas y de repente ahí estaban mis manos, metidas completamente en la comida; pozole, menudo, birria, cualquier platillo que pareciera una pequeña alberca era el lugar idóneo para sumergir mis manos, lo hacía sin pensarlo, sólo me dejaba llevar, no había manera de evitarlo, era una actitud inherente a mí (bueno, lo sigue siendo, sólo que ahora hago uso constante de las servilletas y logro esconder evidencias).
Entonces ahí estaba yo, con las manos llenas de “cátsup” y sin quererlo, la máscara completamente ensangrentada.
- Mira nada más como te manchaste la máscara, ahora si la tengo que lavar.
Durante seis días estuve escapando de las siniestras manos de mi madre que sin tentarse el corazón buscaba constantemente quitarme la máscara para lavarla, la reté a una lucha de dos a tres caídas sin límite de tiempo, pero no aceptó, se sabía en desventaja seguramente, y no porque fuera yo un gran luchador, sino porque mis lloriqueos, que no eran constantes pero si infalibles, harían que se le remordiera la conciencia. Fue entonces que ideó su macabro plan, cocinar pollo a la “cátsup” para lograr que mi máscara se manchara y después tratar de sermonearme:
- Ay no, así no se ve bonita tu máscara, está toda mugrosa, van a decir que eres un luchador
puerco, pareces el Enmascarado de Salsa.
Como si a los niños les importara verse limpios, para nada, les encanta revolcarse en la tierra y entre más sucios mejor, yo no era la excepción, fiel amante de andar jugando de rodillas, desgastar rápidamente mis pantalones y maquillar mis manos de negro. Cuando me vi en el espejo me encantó mi nueva imagen, me veía lleno de sangre, como si hubiera librado una gran batalla, pero seguía de píe, victorioso. Anduve todo el día escapando de mi madre, no permitía que se me acercara, si era preciso me escondía en cualquier lugar, todo con tal de que ella no obtuviera mi máscara.
Llegó la noche, me acosté, me amarré bien las agujetas de la máscara y finalmente me quedé dormido.
Al día siguiente, desperté, fui al baño a hacer “de la pipí”, me vi en el espejo, brincando porque de otra manera no alcanzaba a verme el rostro completo, salí del baño, un momento, un momento, ¿me vi en el espejo? ¿me vi? ¿vi mi rostro?… ¿dónde está la máscara?...!Amaaaaaaaaaaaaaaaaaaa¡
Allá estaba ella, la máscara, tendida en los lazos donde se tendía la ropa, como si fuera sólo un trapo y no el objeto más valioso y el juguete favorito de mi corta vida. Fui por ella, he de decir que ya no la sentía mía (de hecho ni la alcanzaba, los lazos estaban muy altos), fue como si al arrancármela del rostro me la hubiera arrancado también del alma. Como buen luchador comprendí que una vez perdida la incógnita no se puede recuperar, se pierde para siempre, se desnuda el rostro y se olvida la máscara; mientras se puede hay que defenderla con gallardía, pero cuando alguien más capaz logra arrancarla de uno, no hay marcha atrás, se deja de ser El Enmascarado de Salsa para convertirse en: Alfonso Ortiz García “Ponchito”, de 5 años de edad y 7 días en la actividad luchística.
Pero volviendo al tema, en efecto, no me quitaba la máscara ni de pedo, jugaba, brincaba, comía, dormía, despertaba, lloraba, reía, gritaba, me aventaba, hacía todo lo que hace un niño hace pero con el rostro bien cubierto. Recuerdo perfectamente como era, blanca totalmente, con aberturas en forma de gota para los ojos, orificios pequeños para la nariz y un óvalo recortado para la boca, todo delineado en color dorado, a los costados se encontraban un par de alas, también en color dorado, lo cual constataba que la máscara era del Ángel, tal vez del Ángel Blanco o del Ángel Vengador, quizá del Arcángel, en fin, fuera de quien fuera era mía y yo la portaba con orgullo. En ocasiones me amarraba alrededor del cuello una toalla de baño para simular tener una capa y ahí estaba yo, con la viva estampa de un luchador, sin nombre, pero con mucha determinación, saltando de las escaleras arremetía contra seres imaginarios y poderosos, ante los cuales siempre resultaba victorioso, no había nadie capaz de derrotarme, sólo bastaba que me lo propusiera para lograrlo, no existía villano alguno con la fuerza suficiente para someterme, yo y mis secuaces (unos cuatro luchadores de esos tiesos que vendían a granel en los mercados, de máscaras pintadas con esmalte de uña y capas de bolsa de Aurrera, que tal parece fueron cachados en una actividad ilícita, pero no alcanzaron a levantar completamente ambas manos…) éramos capaces de pasar por todo lo que una mente de niño fuera capaz de crear y salir siempre airosos con el puño en alto. Pero todo termina y mi etapa de luchador no fue la excepción, siempre hay un villano maldito con una mente siniestra dispuesta a eliminar al héroe de la película. En este caso, mi madre.
En el séptimo día de mis andanzas vengadoras llegó la hora de comer, el platillo, pollo a la “cátsup”, me encantaba, el único inconveniente fue que desde siempre he sido un cerdo para comer caldos, sopas y salsas, no pensaba dos veces las cosas y de repente ahí estaban mis manos, metidas completamente en la comida; pozole, menudo, birria, cualquier platillo que pareciera una pequeña alberca era el lugar idóneo para sumergir mis manos, lo hacía sin pensarlo, sólo me dejaba llevar, no había manera de evitarlo, era una actitud inherente a mí (bueno, lo sigue siendo, sólo que ahora hago uso constante de las servilletas y logro esconder evidencias).
Entonces ahí estaba yo, con las manos llenas de “cátsup” y sin quererlo, la máscara completamente ensangrentada.
- Mira nada más como te manchaste la máscara, ahora si la tengo que lavar.
Durante seis días estuve escapando de las siniestras manos de mi madre que sin tentarse el corazón buscaba constantemente quitarme la máscara para lavarla, la reté a una lucha de dos a tres caídas sin límite de tiempo, pero no aceptó, se sabía en desventaja seguramente, y no porque fuera yo un gran luchador, sino porque mis lloriqueos, que no eran constantes pero si infalibles, harían que se le remordiera la conciencia. Fue entonces que ideó su macabro plan, cocinar pollo a la “cátsup” para lograr que mi máscara se manchara y después tratar de sermonearme:
- Ay no, así no se ve bonita tu máscara, está toda mugrosa, van a decir que eres un luchador
puerco, pareces el Enmascarado de Salsa.
Como si a los niños les importara verse limpios, para nada, les encanta revolcarse en la tierra y entre más sucios mejor, yo no era la excepción, fiel amante de andar jugando de rodillas, desgastar rápidamente mis pantalones y maquillar mis manos de negro. Cuando me vi en el espejo me encantó mi nueva imagen, me veía lleno de sangre, como si hubiera librado una gran batalla, pero seguía de píe, victorioso. Anduve todo el día escapando de mi madre, no permitía que se me acercara, si era preciso me escondía en cualquier lugar, todo con tal de que ella no obtuviera mi máscara.
Llegó la noche, me acosté, me amarré bien las agujetas de la máscara y finalmente me quedé dormido.
Al día siguiente, desperté, fui al baño a hacer “de la pipí”, me vi en el espejo, brincando porque de otra manera no alcanzaba a verme el rostro completo, salí del baño, un momento, un momento, ¿me vi en el espejo? ¿me vi? ¿vi mi rostro?… ¿dónde está la máscara?...!Amaaaaaaaaaaaaaaaaaaa¡
Allá estaba ella, la máscara, tendida en los lazos donde se tendía la ropa, como si fuera sólo un trapo y no el objeto más valioso y el juguete favorito de mi corta vida. Fui por ella, he de decir que ya no la sentía mía (de hecho ni la alcanzaba, los lazos estaban muy altos), fue como si al arrancármela del rostro me la hubiera arrancado también del alma. Como buen luchador comprendí que una vez perdida la incógnita no se puede recuperar, se pierde para siempre, se desnuda el rostro y se olvida la máscara; mientras se puede hay que defenderla con gallardía, pero cuando alguien más capaz logra arrancarla de uno, no hay marcha atrás, se deja de ser El Enmascarado de Salsa para convertirse en: Alfonso Ortiz García “Ponchito”, de 5 años de edad y 7 días en la actividad luchística.
Pequeñitos
“Pequeñitos”
Siempre le gustó la música.
Le encantaba perder el tiempo escuchando el rechinido que producía la mecedora cuando el abuelo se posaba en ella.
Imaginaba que dentro de la mecedora había un grupo de seres muy pequeñitos haciendo música, una música muy propia del mundo de esos seres pequeñitos, por lo que sus oídos no eran capaces de descifrarla y sólo podía percibir el rechinido.
Tiempo después formó una banda de punk-rock a la cual nombró “La mecedora del abuelo”
- ¿De dónde vienes?
- De tocar abuelo.
- ¿De verdad hay quien piensa que todo ese ruidajo es música?
- Sí abuelo, unos seres muy pequeñitos.
Siempre le gustó la música.
Le encantaba perder el tiempo escuchando el rechinido que producía la mecedora cuando el abuelo se posaba en ella.
Imaginaba que dentro de la mecedora había un grupo de seres muy pequeñitos haciendo música, una música muy propia del mundo de esos seres pequeñitos, por lo que sus oídos no eran capaces de descifrarla y sólo podía percibir el rechinido.
Tiempo después formó una banda de punk-rock a la cual nombró “La mecedora del abuelo”
- ¿De dónde vienes?
- De tocar abuelo.
- ¿De verdad hay quien piensa que todo ese ruidajo es música?
- Sí abuelo, unos seres muy pequeñitos.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)
